viernes, 15 de mayo de 2015

Del Cuentos con Música 3 de 4

Hoy es viernes de cuento, aquí les va el tercero, en el que se menciona la música de Chopin. Espero lo disfruten.

LA CABEZA

CHARLES BUKOWSKI


Margie solía empezar a tocar nocturnos de Chopin cuando se ponía el sol. Vi­vía en una casa grande, un poco retirada de la calle, y a la puesta del sol ya estaba colocada con coñac o whisky. Tenía cuarenta y tres años y aún conservaba una buena figura y un rostro delicado. Su marido había muerto joven, hacía cinco arios, y ella, al parecer, llevaba una vida solitaria. El marido había sido médico. Ha­bía tenido buena suerte en la Bolsa e invirtió el dinero para que ella tuviese una renta fija de dos mil dólares mensuales. Buena parte de los dos mil volaban en co­ñac y en whisky.

Desde la muerte de su marido, había tenido dos amantes, pero las aventuras ha­bían sido esporádicas y fugaces. Parecía que los hombres carecieran de magia, la mayoría eran malos amantes, sexual y espiritualmente. Sus intereses parecían limitarse a sus coches nuevos, el deporte y la televisión. Al menos Harry, su difunto ma­rido, la llevaba de vez en cuando a un concierto. Bien sabía Dios que Metha era un director muy malo, pero todo era mejor que aguantar a Laverne y a Shirley.

Margie se había resignado, sencillamente, a una existencia sin sexo masculino. Llevaba una vida plácida, con su piano, su coñac y su whisky. Y cuando el sol se ponía, sentía una enorme necesidad de su piano, de su Chopin y de su whisky y/o coñac. En cuan­to empezaba a oscurecer, Margie empezaba a encender un cigarrillo detrás de otro.

Margie tenía un entretenimiento. A la casa de al lado había llegado una nueva pareja. En realidad, no eran propiamente una pareja. Él, barburdo, corpulento, vio­lento, medio loco, era veinte años mayor que la mujer. Era un tipo feo que daba siempre la sensación de estar borracho o con resaca. La mujer con la que vivía tam­bién era muy suya..., hosca, indiferente. Casi como un estado de trance. Los dos parecían tener afinidades recíprocas, y sin embargo era como si se hubieran junta­do dos enemigos. Siempre estaban peleándose. Margie oía primero, casi siempre, la voz de la mujer. Luego, de pronto, muy alta, la del hombre. Y el hombre siem­pre aullaba alguna ruin indecencia. A veces, seguía a las voces un estruendo de cristales rotos. Pero lo más frecuente era ver salir al hombre en su viejo coche; lue­go todo quedaba tranquilo dos o tres días, hasta que regresaba. La policía se había llevado al hombre un par de veces. Pero siempre volvía.

Un día, Margie vio la foto del hombre en el periódico. Aquel hombre era el poe­ta Marx Renoffski. Había oído hablar de su obra. Al día siguiente, fue a la librería y compró todos los libros suyos que encontró. Aquella tarde, combinó la poesía del hombre con el coñac; y cuando oscureció, se olvidó de tocar los nocturnos de Cho­pin. Por algunos de sus poemas de amor dedujo que aquel hombre estaba vivien­do con la escritora Karen Reeves. Sin saber muy bien por qué, Margie no se sen­tía ya tan sola como antes.

La casa era de Karen y celebraban muchas fiestas. Durante éstas, cuando más escandalosas eran la música y las risas, siempre veía la figura alta y barbuda de Marx Renoffski salir por la puerta trasera de la casa. Se sentaba en el patio de atrás, solo, con su botella de cerveza a la luz de la luna. Y entonces Margie recordaba sus poemas de amor y sentía deseos de conocerle.

El sábado por la noche, varias semanas después de haber comprado sus libros, les oyó discutir a grito pelado. Marx había estado bebiendo y la voz de Karen se fue haciendo cada vez más estridente.

-       Escucha —era la voz de Marx—, cuando me apetezca un trago, me tomaré un trago.
-       Eres la cosa más horrorosa que me he encontrado en la vida— oyó decir a Ka­ren.

Luego, ruidos de trifulca, Margie apagó las luces y se pegó a la ventana.

-          ¡Maldita! —oyó decir a Marx—. ¡Sigue atacándome y verás lo que es bueno!

Luego, vio a Marx salir por el porche delantero con la máquina de escribir. No era una portátil, sino un modelo de mesa, y Marx bajaba tambaleante las escaleras con ella, a punto de caer en todo momento.

-       Me voy a librar de tu cabeza —chilló Karen—. Voy a arrojar esa cabeza aho­ra mismo
-       Adelante —dijo Marx—. Tírala.
Margie vio a Marx cargar la máquina de escribir en el coche y luego vio un ob­jeto grande y pesado, evidentemente la cabeza, que salía volando del porche para caer en su jardín. Rebotó en el suelo y se inmovilizó justo bajo un gran rosal. Marx se marchó en su coche. En casa de Karen Reeves se apagaron todas las luces; y se hizo el silencio.

A la mañana siguiente, Margie despertó a las ocho y cuarenta y cinco. Se arregló, puso los huevos a hervir y se tomó un café con una copita de coñac. Se asomó a la ventana. El gran objeto de arcilla seguía bajo el rosal. Se apartó de la ventana, sa­có dos huevos, los enfrió poniéndolos en agua y los peló. Luego se sentó a desayu­nar y abrió un ejemplar del último libro de poemas de Marx Renoffski, Uno, dos, tres, me quiero a mí. Lo abrió hacia la mitad:
...oh, tengo escuadrones
de dolor
batallones, ejércitos de
dolor
continentes de dolor
ja, ja, ja
y
te tengo a ti.

Margie terminó los huevos, echó dos copitas de coñac en un segundo café, se lo bebió, se puso los pantalones verdes de rayas, el jersey amarillo y, con una pinta a lo Catherine Hepburn a los cuarenta y tres, se calzó las sandalias rojas y salió a su jardín. El coche de Marx no estaba aparcado y la casa de Karen permanecía en si­lencio. Se acercó al rosal. Allí estaba la cabeza esculpida, con la cara hacia el sue­lo.

Margie sintió que el corazón le latía más acelerado. Movió la cabeza con el pie, y el rostro la miró desde la yerba. Era Marx Renoffski, no había duda. Cogió a Marx, y, sosteniéndolo cuidadosamente contra su jersey amarillo pálido, lo llevó a su casa. Lo colocó sobre su piano, luego se sirvió un coñac con agua, se sentó y estuvo un rato mirándole, mientras bebía. Marx era feo y rasposo, pero muy real. Karen Reeves era buena escultora. Margie le estaba agradecida. Continuó exami­nando la cabeza de Marx: allí podía verlo todo, bondad, odio, miedo, demencia, amor, humor, pero ella veía sobre todo humor y amor. Cuando pusieron el progra­ma de música clásica al mediodía, subió mucho el volumen y se puso a beber con auténtico deleite.

Hacia las cuatro de la tarde, aún seguía bebiendo coñac; empezó a hablar con él.
-          Marx, te comprendo. Yo podría darte la verdadera felicidad.

Marx no contestó; siguió allí, sobre el piano, en total silencio.
-          He leído tus libros, Marx. Eres un hombre ingenioso y sensible, Marx, y muy divertido. Te comprendo, querido. Yo no soy como esa... esa otra mujer. Marx seguía sonriendo, seguía mirándola con aquellos ojitos entrecerrados.
-          Marx, podría interpretar a Chopin para ti..., los nocturnos, los études.

Margie se sentó al piano y empezó a tocar. Él estaba allí. Era evidente que Marx jamás veía los partidos en la televisión. Probablemente viese las obras de Ibsen, de Shakespeare, de Chejov, en el canal 28. Y, al igual que en sus poemas, era un gran amante. Se sirvió más coñac y siguió tocando. Marx Renoffski escuchaba.

Cuando Margie terminó su concierto, miró a Marx. Le había gustado. Estaba se­gura. Se levantó. La cabeza de Marx estaba justo al nivel de la suya. Se inclinó y le dio un leve beso. Luego, retrocedió. Él sonreía, con aquella luminosa sonrisa.

Puso de nuevo su boca sobre la de él, y le dio un beso lento y apasionado.

A la mañana siguiente, Marx seguía allí, sobre el piano. Marx Renoffski, poeta, poeta moderno, vivo, peligroso, encantador, sensible. Miró por la ventana. Aún no estaba allí el coche de Marx. Había pasado la noche fuera.

Se había ido a otro sitio, lejos de aquella... zorra.
Se volvió y le dijo:
-          Marx, tú necesitas una buena mujer.

Fue hasta la cocina, puso a hervir dos huevos y vertió un chorrito de whisky en el café. Se puso a canturrear. El día era idéntico al anterior. Pero mejor. Más agra­dable. Siguió leyendo la obra de Marx. Escribió incluso ella misma un poema:
Este divino accidente
nos ha unido
aunque tú seas arcilla
y yo carne
ha surgido el contacto
pese a todo, ha surgido el contacto.

A las cuatro, sonó el timbre de la puerta. Margie fue a abrir. Era Marx Renoffski. Estaba borracho.
-       Nena —dijo—, sabemos que tienes la cabeza. ¿Qué te propones hacer con mi cabeza?
Margie no pudo contestar. Marx entró en la casa.
-          Bueno, ¿dónde está ese maldito trasto? Karen lo quiere otra vez. La cabeza estaba en el salón de música. Marx dio una vuelta por allí.
-          Tienes una casa muy bonita. Vives sola, ¿eh?
-       Sí.
-          ¿Qué pasa? ¿Te dan miedo los hombres?
-       No.
-       Oye, la próxima vez que Karen me eche, creo que me acercaré por aquí. ¿Vale?
Margie no contestó.
-       No contestas. Quien calla otorga. Bueno, estupendo. Pero ¿dónde está esa ca‑
-          Escucha, te he oído interpretar a Chopin cuando se pone el sol. Tienes cla­se. Me gustan las tías con clase. Seguro que bebes coñac, ¿a que sí?
-          Sí
-          Sírveme un coñac. Tres copitas en medio vaso de agua.

Margie fue a la cocina. Cuando salió con la bebida, él estaba en el salón de mú­sica. Había encontrado la cabeza. Estaba apoyado en ella, con el codo sobre el crá­neo. Le ofreció el vaso.

-          Gracias. Sí, clase. Tienes clase. ¿Pintas, escribes, compones? ¿Haces algo, además de interpretar a Chopin?
-       No.
-          Ah —dijo él, alzando el vaso y bebiéndose la mitad de un trago Estoy se­guro de que lo eres.
-          ¿Qué soy qué?
-       Un gran polvo.
-     No sé.
-       Bueno, yo sí lo sé. Y no deberías desperdiciarlo. Yo no quiero que lo desper­dicies.

Marx Renoffski se terminó el coñac y posó el vaso sobre el piano, junto a la ca­beza. Se acercó a ella y la agarró. Marx olía a vómito, a vino barato y a tocino.

Los pelos hirsutos de su barba le rasparon la cara cuando la besó. Luego, apar­tó la cara y la miró con aquellos ojillos.
-          ¡No puedes desperdiciar la vida, nena! —Margie sintió la presión de su pe­ne—. También me gusta lamerles el coñito a las nenas. No lo hice hasta los cin­cuenta años. Karen me -enseñó. Ahora soy el mejor del mundo.
-       No me gusta que me agobien —dijo Margie débilmente...
-          ¡Oh, eso está muy bien! ¡Eso es lo que me gusta a mí! ¡Espíritu! Chaplin se enamoró de Goddard al verla mordisquear una manzana. ¡Apuesto a que tú mordis­queas las manzanas a las mil maravillas! Aunque apuesto a que también puedes ha­cer otras cosas con la boca, ¿no?
La besó otra vez. Después, le preguntó:
-       ¿Dónde está el dormitorio?
-       ¿Por qué?
-       ¿Por qué? ¡Porque es allí donde vamos a hacerlo!
-       ¿Hacer qué?
-          ¡Joder! ¿Qué va a ser?
-          ¡Fuera de mi casa!
-       ¿En serio?
-       Sí.
-          ¿Quieres decir que no quieres joder?
-          Exactamente.
-          Oye, hay diez mil mujeres que se irían conmigo a la cama.
-          Yo no soy una de ellas.
-          Bueno, sírveme otra copa y me largo.
-          De acuerdo.

Margie fue a la cocina, echó tres copitas de coñac en medio vaso de agua, salió y se lo dio.
-          Oye, ¿sabes quién soy?
-          Sí
-          Soy Marx Renoffski, el poeta.
-          Ya te he dicho que sé quién eres.
-          Ah —dijo Marx, y bebió de un trago el coñac—. Bueno, tengo que irme. Karen no se fía de mí.
-          Dile a Karen que la considero una magnífica escultora.
-          Oh, sí, claro....
Marx cogió la cabeza, cruzó la habitación y se dirigió hacia la salida. Margie lo siguió. En la puerta, Marx se detuvo.
-          Oye, ¿ni nunca te pones caliente?
-          Pues claro.
-          ¿Y qué haces?
-          Me masturbo.
-          Marx se encrespó
-          Señora mía, ése es un delito contra la naturaleza y, más importante aún, toda una agresión contra mi persona. —Luego cerró la puerta.

Ella lo vio bajar con mucha precaución por el camino, cargando la cabeza. Lue­go dobló la esquina y subió el camino de la casa de Karen Reeves.

Margie entró en el salón de música. Se sentó al piano. Ya se ponía el sol. Era el momento justo. Empezó a interpretar a Chopin. Tocaba como nunca.


¡Ah que los "machos"! 

viernes, 8 de mayo de 2015

De Cuentos con Música 2 de 4

Aquí les dejo el segundo cuento con música que me gustó de la revista pauta 119-120


MÚSICA

VLADIMIR NABOKOV
Traducción de Juan Valoro
El vestíbulo inundado de abrigos de ambos sexos. Una rápida sucesión de notas de piano llegó del estudio. El reflejo de Víctor en el espejo del vestíbulo ajustó el nudo de una corbata reflejada. La sirvienta colgó su abrigo estirándose mucho, pero éste se zafó, arrastrando a otros dos, y ella tuvo que empezar todo de nuevo.
Víctor ya estaba caminando de puntas. Llegó al estudio donde la música se vol­vió más sonora y masculina. Wolf, un huésped inusual en esa casa, estaba al pia­no. Los demás —unas treinta gentes en total— escuchaban en actitudes diversas, algunos con la barbilla apoyada en el puño, otros lanzando humo de cigarrillo ha­cia el techo; la iluminación incierta hada que su inmovilidad tuviera una cualidad pictórica. Desde lejos, la elocuente sonrisa de la dueña de casa indicó a Víctor un asiento libre, un sillón horneado como prétzel, casi a la sombra del piano de cola. Él contestó con los gestos evanescentes de quien quiere pasar inadvertido: estoy bien, estoy bien, puedo quedarme así; sin embargo, se empezó a mover en la direc­ción sugerida; se sentó con cuidado y cruzó los brazos con cuidado. La esposa del compositor, boca semiabierta y ojos que parpadeaban de prisa, estaba a punto de voltear la hoja; ahora ya la volteó. Un oscuro bosque de notas ascendentes, un des­censo, un abismo, luego un grupo aislado de pequeños trapecistas en vuelo. Wolf tenía pestañas largas, claras; sus orejas translúcidas tenían un delicado tono carme­sí; atacaba las teclas con extraordinaria velocidad, con vigor, y en las laqueadas profundidades de la caja de resonancia el doble de sus manos se enfrascaba en una pantomima fantasmal, intrincada, casi cómica.

Para Víctor, cualquier música desconocida —y no sabía más que una docena de melodías convencionales— era semejante al sonsonete de una conversación en un idioma extranjero: uno se esfuerza en vano en definir al menos los límites de las palabras, pero todo se resbala y se confunde hasta que el oído rezagado se em­pieza a aburrir. Víctor trató de concentrase en escuchar, pero pronto se descubrió viendo las manos de Wolf y sus reflejos espectrales. Cuando los sonidos crecieron como un trueno insistente, el cuello del pianista se hinchó, sus dedos se tensaron, abiertos al máximo, y emitió un leve gruñido. Hubo un punto en que su mujer se adelantó y él detuvo la página con una instantánea bofetada de la palma izquierda, después él mismo volteó la hoja con increíble velocidad, y ya estaban otra vez las dos manos moldeando furiosamente el teclado quejumbroso. Víctor hizo un estu­dio detallado de aquel hombre: nariz puntiaguda, parpados saltones, la cicatriz que una quemadura dejó en su cuello, el pelo que parecía pelusa rubia, saco negro de amplios hombros. Por un momento Víctor volvió a tratar de concentrarse en la mú­sica, pero apenas empezaba a enfocarla cuando su atención se disolvió. Desvió la vista despacio, sacando su cigarrera, y empezó a examinar a los otros invitados. Entre las caras desconocidas encontró algunas familiares —el simpático y gordin­flón de Kocharovsky allá atrás—, ¿debo saludarlo con la cabeza? Lo hizo, pero so­brepasó su blanco: fue Shmakov, otro conocido, quien reconoció el saludo: escu­ché que se mudaba de Berlín a París, debo preguntarle al respecto. En un diván, flanqueada por dos damas de considerable edad, corpulenta, pelirroja, con los ojos cerrados, Anna Samoylovna estaba semirreclinada, mientras su marido, un larin­gólogo, apoyaba el codo en el brazo de la silla ¿Qué objeto rutilante acaricia con los dedos de su mano libre? Ah, sí, un prince-nez en un listón chejoviano. Más allá, con un hombro en la sombra, un jorobado con barbas, conocido amante de la música, escuchaba con atención, el dedo índice contra su sien. Víctor nunca podía re­cordar su nombre ni su apellido. ¿Boris? No, ese no era. ¿Borisovich? Tampoco ese. Más rostros. Me pregunto si los Haruzins están aquí. Sí, ahí están. No ven en mi dirección. Y al momento siguiente, justo detrás de ellos, Víctor vio a su antigua esposa.

Bajó la mirada de inmediato, golpeó maquinalmente su cigarrillo para descar­gar la ceniza que aún no había tenido tiempo de formarse. Su corazón surgió de al­gún lugar profundo para propinarle un uppercut, luego se retiró, volvió a golpear y empezó a palpitar rápida, desordenadamente, contradiciendo, hundiendo la músi­ca. Sin saber en qué dirección mirar, vio al pianista de reojo, pero no escuchó so­nido alguno: Wolf parecía aporrear un teclado silencioso. El pecho de Víctor esta­ba contraído: tuvo que enderezarse y respirar profundamente; después, regresando apresurada desde muy lejos, jadeando, la música volvió a la vida, y su corazón recuperó un ritmo más regular.

Se habían separado hacía dos años, en otra ciudad, donde el mar golpeaba en las noches. Ahí habían vivido desde que se casaron. Todavía con la mirada baja, trató de mitigar con pensamientos triviales la estruendosa urgencia con que el pasado se le venía encima: ella debía haberlo observado momentos antes, cuando recorrió el cuarto a todo lo largo para alcanzar su silla, con largas, silenciosas y bamboleantes zancadas. Era como si alguien lo hubiese descubierto desvestido o atareado en alguna ocupación idiota: mientras recordaba cómo se zarandeó con inocencia fren­te a su vista (¿hostil?, ¿burlona?, ¿curiosa?) se preguntó si su anfitriona o alguien más en el salón estaría al tanto de la situación, ¿cómo habría llegado ella ahí?, ¿lo habría hecho sola o con su nuevo esposo?, ¿qué debía hacer él?, ¿quedarse como es­taba o desviar la vista hacia ella? No, verla era aún imposible; primero tenía que acostumbrarse a su presencia en ese salón amplio pero aprisionador: la música los había cercado, convirtiéndose en la prisión donde permanecerían cautivos hasta que el pianista dejara de construir y de mantener en alto sus bóvedas sonoras. ¿Qué fue lo que tuvo tiempo de observar en ese rápido golpe de reconocimien­to? Tan poco: sus ojos distantes, su pálida mejilla, un mechón de pelo negro y, tan vago como un personaje secundario, un collar de cuentas o algo alrededor de su cuello, ¡Tan poco! Sin embargo, ese descuidado esbozo, esa imagen inacabada en realidad era su esposa, y la combinación momentánea de resplandor y sombra se resolvía en la entidad única que llevaba su nombre. ¡Qué lejano parecía todo! Se enamoró locamente de ella una tarde bochornosa, bajo un cielo desleído, en la terraza del club de tenis; un mes después, en su noche de bodas, llovió tan fuerte que no se podía oír el mar. Qué dicha había sido. Dicha, qué palabra tan húmeda, chapoteante, salpicante, tan viva, tan amaestrada, capaz de sonreír y llorar por cuenta propia. Y a la mañana siguiente: aquellas brillantes ho­jas en el jardín, aquel mar casi silencioso, aquel mar lánguido, lechoso, plateado.

Tenía que hacer algo con la ceniza. Se volvió y de nuevo su corazón perdió un latido. Alguien se había estirado, bloqueándola casi por completo, para sacar un pa­ñuelo blanco como la muerte; pero luego el codo del desconocido empezó a retro­ceder; ella iba a resurgir, sí, en un momento resurgirá. No, no soportaré verla. Hay un cenicero sobre el piano.

La barrera de sonidos seguía igual de alta, impenetrable. Las manos espectrales en las profundidades laqueadas continuaban padeciendo las mismas contorsiones. "Seremos eternamente felices", ¡qué melodía en esa frase, ¡qué fulgor! Ella tenía una suavidad de terciopelo en todos lados, daban ganas de alzarla, con las piernas dobladas, como uno hubiera alzado a un potrillo. Abrazarla y doblarla. ¿Y después qué? ¿Qué se podía hacer para poseerla completamente? Amo tu hígado, tus riño­nes, tus células sanguíneas. A esto contestaría: "no seas asqueroso". Vivían sin lu­jo ni pobreza, iban a nadar al mar casi todo el año. Las aguamalas, arrojadas sobre los guijarros de la playa, temblaban con el viento. Los acantilados de Crimea relu­cían bajo la espuma. En una ocasión vieron a unos pescadores cargar el cuerpo de un ahogado; sus pies descalzos sobresalían de la cobija, sorprendidos. En las tardes ella solía hacer cocoa.

Volvió a mirar. Ahora ella tenía la mirada baja, las piernas cruzadas, la barbilla apoyada en los nudillos: era muy musical; Wolf debía estar tocando una pieza her­mosa, célebre. "No podré dormir en muchas noches", pensó Víctor al contemplar su cuello blanco y el suave ángulo de su rodilla. Ella llevaba un ligero vestido ne­gro, desconocido para él, y su collar no dejaba de atraer la luz. ¡No, no podré dor­mir, y no debo volver aquí. Todo ha sido en vano: dos años de luchas y esfuerzos, mi paz mental casi recuperada —y ahora debo empezar de nuevo, tratar de borrar­lo todo, todo lo que ya había sido casi olvidado, y encima de todo esta tarde". De pronto le pareció que ella lo miraba furtivamente, y vio hacia otro lado.

La música debía acercarse a un final. Cuando llegan esos acordes frenéticos, ja­deantes, casi siempre significa que el fin está cerca. Otra palabra inquietante, fin... Finta fingida... La finta de un relámpago en el cielo, nubes de polvo fingiendo un destino desastroso. Con la llegada de la primavera ella empezó a estar extrañamen­te ensimismada. Hablaba casi sin mover los labios. Él le preguntaba "¿qué pasa contigo?" "Nada, nada en especial." A veces ella lo miraba desde sus ojos entrece­rrados, con expresión enigmática. "¿Qué pasa?" "Nada "Al anochecer igual hubie­ra sido que ella estuviera muerta. Imposible hacer algo con ella; a pesar de ser una mujer pequeña y delgada, se podía volver pesada, tan sólida como si estuviera he­cha de piedra. "Dime de una vez por todas qué te pasa." Así transcurrió cerca de un mes. Luego, una mañana (sí, la mañana de su cumpleaños) dijo con toda senci­llez, como si hablara de nimiedades: "Separémonos por un tiempo. No podemos seguir así". La niña de los vecinos irrumpió en el cuarto para mostrarles su gatito (único sobreviviente de una camada que habían ahogado). "Vete, vete, más tarde." La niña se fue. Hubo un largo silencio. Después de un rato, despacio, sin decir pa­labra, él la tomó de las muñecas y se las torció (hubiera querido romperla por com­pleto, dislocar cada una de sus articulaciones con ruidosos crujidos). Ella empezó a llorar. Entonces él se sentó a la mesa y fingió leer el periódico. Ella salió al jar­dín, pero regresó pronto. "No puedo ocultarlo más. Debo decirte todo." Y con una curiosa perplejidad, como si hablara de otra mujer que la sorprendía, invitándolo a compartir su sorpresa, lo dijo, lo dijo todo. El hombre en cuestión era un mucha­cho fornido, modesto y reservado que los visitaba para jugar al whist y disfrutaba hablando de pozos artesianos. La primera vez fue en el parque, luego en casa de él.

Lo demás es completamente difuso. Fatigué la playa hasta el anochecer. Sí, la música parece terminar. Cuando abofeteé su cara en el muelle, él dijo: "Esto lo pa­garás caro", recogió su gorra del piso y se fue. No me despedí de ella. Qué tonto hubiera sido pensar en matarla. Puedes seguir viviendo, vive. Vive como vives ahora, como estás sentada ahora, siéntate así para siempre. Vamos, mírame, te lo suplico, por favor, veme. Te perdonaré todo, y todo nos será perdonado, ¿entonces por qué evitarlo? Veme, veme, desvía tus ojos, mis ojos, mis adorados ojos. No. Se acabó.

Los insistentes zarpazos finales, acordes vertiginosos —uno más y tan solo un respiro para otro más, y después de este acorde concluyente con el que la música parecía rendirse con toda el alma, el intérprete apuntó y con precisión felina descargó una sencilla y solitaria nota de oro. La barrera musical se disolvió. Aplausos.

Wolf dijo: "Ha pasado mucho tiempo desde que toqué esto por última vez." La esposa de Wolf dijo: "Ha pasado mucho, ustedes saben, sin que mi esposo tocara esta pieza."

Acercándosele, abrumándolo y golpeándolo con su panza, el laringólogo dijo a Wolf: "¡Maravilloso! Siempre he sostenido que esto es lo mejor que él compuso, aunque me pareció que al final usted modernizó las coloraturas un poquitín excesivamente. No sé si me explico, pero usted ve..."

Víctor miraba en dirección a la puerta. Ahí, una mujer esbelta de pelo negro, con una sonrisa ingenua, hablaba con la anfitriona, que no dejaba de exclamar, sorprendida, "ni me lo diga, todos tomaremos el té ahora y luego escucharemos a un cantante." Pero ella continuaba sonriendo, desamparada, y seguía rumbo a la puerta. Víctor se dio cuenta: aquella música que le había parecido un estrecho calabozo donde estaban obligados a sentarse cara a cara, a unos seis metros de distancia, engrilletados por los sonidos, en realidad había sido una dicha increíble, un mágico domo de cristal que los enlazó, los mantuvo presos, hizo posible que respiraran el mismo aire, y ahora todo se había roto y desmoronado y ella desaparecía por la puerta. Wolf ya había cerrado el piano y el encanto del cautiverio no podía restituirse.

Ella se fue. Nadie parecía haber notado nada. Lo saludó un hombre llamado Boke que dijo con voz suave "no dejé de observarlo. ¡Qué reacción ante la música! Sabe, se veía tan aburrido que sentí lástima por usted. Es posible que sea usted tan completamente indiferente?"
"¿Por qué? No, no estaba aburrido." Víctor contestó con dificultad. "Es sólo que no tengo oído para la música, y esto me convierte en mal juez. Por cierto, ¿qué fue lo que tocó?"

"Lo que usted quiera", dijo Boke en el tono inquieto de un desubicado, La plegaria de una Virgen o la Sonata Kreuzer, "cualquier cosa que usted quiera".